jueves, 26 de marzo de 2009

TU VIDA... SÓLO UN PASEO

Bill Hicks es un humorista norteamericano que murió a los 32 años y cuyo legado va más allá del entretenimiento. Hicks empleaba el arma del humor directo y mordaz para criticar y denunciar las incoherencias e insensateces de la sociedad en que vivió. A parte de un desternillante humorista era una persona de profundo calado personal. Una mente brillante. La combinación de su humor y su profundidad de pensamiento conformaron una fantástica forma de reírse del mundo que le rodeaba y al mismo tiempo denunciar su injusticia. Bill Hicks pronunció en sus monólogos frases y citas como:

"ve a dormir, Norteamérica, tus gobernantes se han dado cuenta de como todo ha transcurrido. Ve a dormir Norteamérica, tu gobierno tiene el control de nuevo. Aquí, aquí está Gladiadores Americanos. Ve esto y cállate. Ve a dormir, Norteamérica. Aquí está Gladiadores Americanos. Aquí están 56 canales con eso! Ve a estos retardados de la pituitaria romperse los putos cráneos los unos a los otros y felicítate por vivir en la tierra de la libertad. Ahí vas Norteamérica. Eres libre de hacer lo que te digan. Eres libre de hacer lo que te digan"


“No hay tal cosa llamada muerte, la vida solo es un sueño, y solo somos la imaginación de nosotros mismos”.


A continuación adjunto la traducción del fragmento final de uno de los monólogos que Hicks realizó en Londres en el 2001. Se trata del video que se encuentra en esta página titulado “Bill Hicks in London- Life’s just a ride”. En él Hicks aborda un tema de gran profundidad, la realidad y la vida humana, bajo el prisma del sentido del humor. Satírico, crítico, sarcástico, gracioso, lúcido y profundo. Magnífico legado humorístico-filosófico, Bill Hicks:

El mundo es como un paseo por un parque de atracciones, y cuando decides ir, piensas que es real, porque así de poderosas son nuestras mentes, y el paseo va y viene, sube y baja, da vueltas y más vueltas, y tiene emociones, sensaciones y escalofríos, y es muy colorido, y es ruidoso y es divertido... por un rato.


Algunas personas han estado en ese viaje por mucho tiempo y se empiezan a preguntar, ¿es esto real?, ¿o es sólo un paseo? Otra gente ha recordado, y ellos se nos acercan y nos dicen: “ei!, no te preocupes por nada, no tengas miedo, nunca más, porque tu vida... es sólo un paseo”. Y nosotros... los matamos


(risas).


“Hacedle callar! Tenemos una fortuna invertida en este paseo, calladle la boca!!!”, “mira mis preocupaciones, mira mis inmensas cuentas bancarias, y mi familia... esto tiene que ser real...”


Esto es sólo un paseo y podemos cambiarlo en el momento que queramos, tan solo hace falta una elección. Sin esfuerzo, sin trabajo, sin ahorros, sin dinero, sólo una elección, ahora mismo, entre el miedo y el amor. Los ojos del miedo quieren que pongas cerraduras más grandes en tus puertas, que compres armas, que te encierres en ti mismo. Los ojos del amor en cambio quieren que veas a todos los seres como uno solo. Que qué podemos hacer para cambiar el mundo ahora mismo, y tener un paseo mejor?: coger todo el dinero que se gasta en armas y en defensa cada año e invertirlo en alimentar, vestir y educar a los pobres del mundo, que ninguna persona este excluida, y luego, juntos, podemos explorar el espacio, el espacio interior y el exterior para siempre, en paz.

Muchas gracias. Sois fantásticos. Espero que hayáis disfrutado. Londres, eres fantástica. Gracias, muchísimas gracias.


Bill Hicks in London (2001)

miércoles, 28 de enero de 2009

GERVASIO SÁNCHEZ Y LA DENUNCIA DE LA GUERRA


El pasado 7 de Mayo, Gervasio Sánchez fue galardonado con el Premio Ortega y Gasset de Fotografía 2008 que otorga el diario El País, por su trabajo “Vidas Minadas” donde destacan fotografías como “Sofía y Alia” con la cual trata de denunciar la utilización y los efectos de las minas antipersonas.


Al evento acudieron la vicepresidenta del gobierno, Mª Teresa Fernández de la Vega, el presidente del Senado, varios ministros, la presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, el alcalde de Madrid, Ruiz Galardón y por supuesto todos los demás medios de prensa. En semejante contexto, Gervasio tomó el micro para expresar el clásico discurso agradecimiento y cual debió ser el estupor de los políticos cuando Gervasio, ni corto ni perezoso, arremetió contra la hipocresía de la clase política con el siguiente discurso (es un fragmento). No tiene desperdicio: valiente, comprometido, altruista, coherente, políticamente incorrecto, valiente son algunos de los adjetivos que aparecieron en mi cabeza el día que lo leí:




“Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años.

Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad. Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.
Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi.
Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado.

Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.

Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas.

Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos.

Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte.

Muchas gracias.”

lunes, 5 de enero de 2009

"¿POR QUÉ?"


Años atrás, cuando aún iba a la escuela, tuve uno de aquellos maestros de antaño, un humanista docto en todo tipo de disciplinas. Era un erudito con cierta fijación por una frase que nos repetía incansablemente casi a modo de mantra: “señores! Hay que saber el porqué de las cosas”. Claro que a una edad tan temprana semejante sugerencia quedaba incomprendida. Del mismo modo, años más tarde recuerdo que otro profesor experimentado y carismático, especialista en dirección de empresas reiteraba con solemnidad “no os tiene que ganar nadie en el afán de cultura”. Tal afirmación por aquel entonces me causó cierto shock, puesto que no comprendía la funcionalidad de ser culto a menos que fuese para ganar al Trivial. Con todo, aquellas preguntas sin respuesta permanecieron en mi cabeza: “¿para qué necesito saber o aprender?”, “¿por qué debo saber el porqué de las cosas?”, “¿de qué me sirve la cultura?”

Transcurridos algunos años pienso que la cultura nos permite abordar y dar respuesta a aquellos porqués que deberían aflorar de nuestra mente en el día a día. La cultura nos hace más conscientes de la realidad de nuestro entorno y nos permite sesgar todo input informativo que nos sobreviene a diario, pudiendo así decidir entre acatarlo, ponerlo en entredicho o discriminarlo. Por consiguiente, la posesión de un elevado nivel cultural nos hace más libres, dado que nos permite forjar nuestro propio espíritu crítico y nuestra opinión fundamentada respecto de cualesquiera noticias o acontecimientos que nos sean contados, en vez de creerlos y acatarlos sistemáticamente. Ese espíritu crítico guarda una estrecha relación con la formulación del ¿por qué? Respuestas a los porqués de lo que nos rodea, de lo que nos sucede, de lo que observamos, lo que leemos, lo que escuchamos: ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? Una sana inquietud se manifiesta en esta interrogación.

Sin ánimo de adentrarme en conceptos de tan profundo calado como la libertad, la realidad o la verdad, me atrevería a formular la siguiente afirmación y el consiguiente silogismo: la cultura nos permite contextualizar, discernir y comprender realidades pasadas y presentes, conociendo así la verdad ya sea de acontecimientos, de nuestro entorno, de las noticias, incluso de nosotros mismos, sometiéndolos al filtro del espíritu crítico alimentado a su vez por el conocimiento y el saber. Por tanto, si la cultura, en la medida de lo posible, nos permite aproximarnos a la verdad, se podría deducir que el cultivo cultural, en última instancia nos hace más libres. Como reza la célebre frase bíblica “la verdad os hará libres”. ¿Cómo podemos acceder a la verdad (en su acepción más mundana y tangible) si no es a través de la cultura?, ¿y cómo podemos acceder a la cultura y al saber más o menos aséptico si no es dando constante respuesta a decenas de preguntas autoformuladas a diario, arraigando el hábito del por qué?

Socialmente, parece que ese por qué interrogativo que ambiciona más y más saber, más y más cultura, presenta incompatibilidad con ciertos cánones de conducta occidentales cada vez más patentes en nuestras sociedades bien estantes: falta de curiosidad, ausencia de espíritu crítico, acatamiento sistemático de toda norma, pobreza de inquietudes, escasez de tiempo para la observación y la reflexión, auge de la cultura del entretenimiento, fomento del mínimo esfuerzo, etc, etc, etc. Todo ello configura un mejunje de actitudes que adolece de un efecto narcótico-mental. Todos estos hábitos se constituyen como intrínsecamente antagónicos al afán cultural. ¿Puede una sociedad alardear de culturalmente avanzada al tiempo que se está incentivando semejantes hábitos desde esferas político-económicas?, ¿Estaremos padeciendo corderitis aguda, siempre en detrimento del saber y de la verdadera libertad individual?, ¿puede un individuo falto de cultura ser libre o está obligado a seguir siempre determinados cánones de conducta preestablecidos y masificados, siendo así maleable y manipulable?

Si a todo esto le añadimos el agravante que conforma la sociedad de la información (noticias, datos, publicidad, etc) que sutilmente nos sugiere e incita a pensar y actuar de un modo A, B o C, nos encontramos ante una encrucijada sin precedentes; sin precedentes porque jamás en la historia de la humanidad semejante engranaje comunicativo de acceso a un exceso de información y desinformación había existido tal como lo estamos presenciando hoy. ¿Estamos preparados para tal caos informativo? datos, noticias, publicidad..., ¿puede nuestro cerebro procesar semejante lluvia de informaciones?, o lo que es más, ¿estamos culturalmente preparados para filtrar críticamente toda la información que recibimos a diario, o de lo contrario, sencillamente no situamos nada en tela de juicio y lo creemos todo por defecto, como si fuésemos computadoras de almacenar datos?, ¿nos abruma y nos nubla mentalmente tanta información? La sociedad de la información y la sociedad crítica culturizada no sólo han experimentado ritmos de crecimiento dispares, sino que el desarrollo de ambas parece ser inversamente proporcional. La consecuencia inmediata de este fenómeno es la incapacidad real de las personas de procesar con espíritu crítico la cantidad ingente de inputs informativos que recibe sin quererlo.

Con el florecer de la era informativa la necesidad de que las personas devengan más cultas, conocedoras, críticas y libres resulta cada vez más imperiosa. No sólo para ganar a tu cuñado jugando al Trivial, sino para ser menos influenciable, teledirigible (nunca mejor dicho) y más dueño de uno mismo/a, siendo así capaz de discernir y, en consecuencia, pensar y decidir libremente ante diversas situaciones o informaciones que se nos presentan. Lo que sutilmente se halla en juego es nada menos que el bien más preciado: la libertad. Tal vez no una libertad en tanto que capacidad de hacer lo que a uno le venga en gana, sino la posibilidad de percibir, comprender y deliberar en base a un criterio propio (no inducido) ante las distintas coyunturas, mensajes e informaciones que nos son contados. En ocasiones me pregunto qué crisis es mas acuciante, ¿la económica o la cultural? También me pregunto cuánto tiempo invierte un ciudadano medio en leer libros. Sería un dato muy ilustrativo.


Después de tantos años, aún me vienen a la cabeza las palabras entonces incomprendidas de aquellos profesores que desde su humilde y sincera enseñanza trataban no sólo de dotar a niños y jóvenes de conocimientos en ciencias, arte o literatura, sino de educar a personas en valores como la verdad y la libertad. A ellos, por su encomiable labor, la más profunda gratitud.

sábado, 6 de diciembre de 2008

LAS MODAS EN TV: ¿ESENCIA DE ALGO?


Hace unos días, mientras paseaba por la calle, escuché una de aquellas legendarias preguntas que un hombre barbudo y con pelo en pecho le formulaba a un chavalín de unos 12 años: “chaval, ¿y tú que quieres ser de mayor?”, a lo que el niño responde en ademán guerrero: “el animal Batistaaaa!!!”. Sí, sí, han leído bien, a-ni-mal Ba-ti-sta, ni más ni menos. Para quienes desconozcan la identidad del susodicho, se trata de uno de los luchadores más célebres del Wrestling televisivo norteamericano; o lo que es lo mismo, una masa de fibra muscular que ronda los 140 kilos de peso, los 2 metros de altura y que se gana las habichuelas propinando y recibiendo mamporros simulados sobre un cuadrilátero, al tiempo que la masa efervescente y extasiada le aclama como si de una divinidad se tratara.

Pese a lo anecdótico de la respuesta del chaval (los niños siempre anhelan ser más grandes, más fuertes, más rápidos, más... sin límites) aquello me dio que pensar. Con qué fuerza el mundo del show ha irrumpido en nuestras vidas y en las de los más jóvenes... Parece que la televisión se ha convertido en una máquina de entretenimiento 24h, en una fábrica del showtime, de exhibir lo increíble, lo morboso, de saciar las curiosidades más instintivas de la persona.

Médico, bombero, astrónomo, agricultor, muchas son las profesiones o personajes que podría haber mencionado aquel enérgico niño, pero algo falla : que no “venden” ¿Si de lo que se trata es de impresionar y dejar atónito al personal, quién va a deleitarse con el trabajo entregado de un médico, o con el esmero de un buen maestro? Estos no alimentan el engranaje del show business que parece tomar cada vez más protagonismo en nuestras vidas y en nuestras conductas. Se podría decir que la caja tonta, con su incalculable y sutil poder de sugestión, se ha ocupado de encumbrar y sublimar a determinados personajes, al tiempo que otros socialmente más enriquecedores se ven relegados al olvido. Gran parte de la juventud (o tal vez no sólo la juventud) admira, idolatra e incluso trata de imitar a los actores y actrices de Hollywood, a los futbolistas, a las modelos de pasarela y a los cantantes de música. Se aspira al glamour, a la riqueza y al boato. Si uno/a se detiene a pensarlo, es fácil percatarse que todo ello está basado en lo superfluo, en lo caduco, en lo exterior. Será que es “lo que se lleva”. ¿Estaremos, sin querelo, edificando nuestras vidas sobre unos cimientos tan enclenques y efímeros que se los lleva el tiempo?, ¿unos cimientos tan fugaces e itinerantes como esas modas prediseñadas para la masa por determinados ingenieros de tendencias?

Dicho lo cual, parece lógico que aquel jovenzuelo admire al animal Batista y no a un tal Santiago Ramón y Cajal, a John Fitzgerald Kennedy o a Mahatma Gandhi, por otro lado, personajes sobre los cuales difícilmente ese niño llegue a leer algo; ya saben..., no están de moda. ¿Por qué voy que leer las memorias de Gandhi, pudiendo ver un apasionante combate de Wrestling, o por qué voy a leer una biografía de JFK, pudiendo jugar toda la tarde a la Play? Ya saben... la moda. El problema que tal vez tenga la moda es que no va mucho con el cultivo del intelecto, con lo que cada vez éste se ve más arrinconado, atrofiándose irremediablemente de generación en generación. Con tanta moda auspiciada y propagada por la tele, las personas “descubrimos” cada vez un mayor número de necesidades vitales nuevas, pero por lo general, poco relacionadas con el cultivo de la masa gris, ¿a alguien se le ocurre el porqué? Como dice Arcadi Oliveres en clave de humor en una de sus brillantes conferencias, “parece que sutilmente se nos pretende dirigir hacia el encefalograma plano”.

Meses atrás, un amigo mío diestro en literatura me comentaba que existía el tiempo en que la gente empleaba su tiempo en leer a los clásicos que escribían acerca de los temas universales, profundos e inherentes al ser humano. ¿Qué pasó con ellos? Pues que han sido suplantados por otros temas o modas que tienen de universales lo que yo de hombre bala. ¡Mucho ojo con leer a Shakespeare, Cervantes, Dostoievski, Joyce o a Sófocles!, como se les ocurra abrir alguno de sus libros corren el grave riesgo de convertirse en frikis. Cosa de modas.

Para finalizar la reflexión, desearía romper una lanza a favor de muchos olvidados y poco admirados médicos, maestros, campesinos, enfermeras, y tantos otros profesionales dedicados al servicio de la sociedad y que trabajan por un entorno cada día algo mejor. Por último, y con el debido respeto a la industria del espectáculo en cualquiera de sus ramas, pienso que existen cosas más importantes, edificantes, realizantes, gratificantes, fructíferas, enriquecedoras y un largo etcétera; que el entretenimiento a full-time. La pena es que no están de moda.

viernes, 5 de diciembre de 2008

ADOLESCENCIA Y TELEVISIÓN (Artículo publicado el 21 de dicembre en el Diari de Tarragona)


Se dice que el futuro y la prosperidad de un país depende de las jóvenes generaciones; niños y adolescentes cuya formación determinará el devenir de la nación. En alusión a tal afirmación, psicólogos y neurólogos han contrastado científicamente lo que podría parecer una obviedad: la reiteración de inputs (mensajes) visuales y auditivos percibidos a diario por el niño/joven condicionará su formación y, en efecto, su personalidad. Por tanto, los mensajes y sus valores inherentes, asimilados consciente o inconscientemente por el joven influirán en su conducta futura.


La gran mayoría de la población estará de acuerdo en que el cultivo de valores como responsabilidad, solidaridad, generosidad, altruismo, cultura del esfuerzo, capacidad de sacrificio, y un largo etcétera, son valores socialmente aceptados como positivos para uno mismo y su entorno. Ahora bien, ¿qué sucede si la reiteración de inputs a los que se someten a nuestros hijos no transmiten valores personal y socialmente edificantes, sino otro tipo de conductas, en ocasiones, destructivas?, ¿y qué sucede si esos inputs no sólo se suceden de modo reiterado, sino que pasan a ser sugeridos a diario a modo de goteo incesante? Agresividad, precocidad y promiscuidad sexual, deslealtad, individualismo, incultura, ley del mínimo esfuerzo, hedonismo y consumo exacerbado como fines en sí mismo. Gran hermano, Islas de famosos, un sinfín de programas de chismorreo Hollywoodiense (como si fuesen EL modelo a seguir), Grand Theft Auto y demás videojuegos viscerales, series juveniles adoctrinantes, incesante publicidad abrumadora, etc. ¿Nos suena? El pan de cada día, verdad?


Del mismo modo que un chaval se puede empapar de mensajes positivos a través de maestros ejemplares, de su familia, de deportes o juegos educativos, etc; los cuales incidirán en su personalidad y posterior conducta, también lo hacen con los valores y comportamientos que perciben de la tele a través de series récord de audiencia o reality shows que sistemáticamente equiparan la conducta y condición humana a la animal como si eso fuese "lo normal". Estos son los mensajes que consciente o inconscientemente el joven está asimilando y asumiendo como "normales" a través de cada vez más programas de televisión.
El problema deviene acuciante cuando uno se percata que el niño/adolescente permanece tres horas al día (quizá tiro corto) estático y boquiabierto frente al formador de masas y "educador" nº 1 en nuestro país: la tele! La conversión a cifras es cuanto menos alarmante: al cabo del año esto equivale a 1.095 horas frente a la caja hipnótica. No soy neurólogo ni psiquiatra, pero pienso que en 1.095 horas, la incidencia de miles de inputs puede calar muy hondo en la mente y en la personalidad de un joven. ¿Porqué otorgamos tan preciado privilegio (la formación de nuestros hijos) a la televisión. Hay quien exclama: "qué mal va el país", "la sociedad se está denigrando", "¿hasta dónde vamos a llegar?"; fácil: hasta donde las principales cadenas y productoras se les antoje, ellos deciden. Nuestro entorno se está denigrando igual que gran parte de su programación televisiva porque ambos se retroalimentan. La sociedad se está convirtiendo en fiel reflejo de un mundo irreal que emana del televisor y trata de sustituir la escala de valores predominante hasta nuestros días en nuestra cultura.

Tal vez nos empecemos a percatar de que los padres están perdiendo el control en la educación de sus hijos y que el gran poder sugestivo y de influencia de la televisión está suministrando a los jóvenes constantes dosis de los valores subversivos que abundan cada vez más en nuestra sociedad. Con todo, parece que el rol formativo o deformativo de la televisión es cada vez más evidente. Quizás estar al tanto de que este fenómeno es ya una realidad sea un primer paso importante para enderezar el rumbo. No olvidemos que con 10, 12 ó 15 años, un joven es como una esponja que absorbe intensamente los inputs que recibe. ¿Creen que las productoras o cadenas velan por la calidad humana y educativa de esos inputs?

CULTURA DE PRODUCTIVIDAD vs. EUTANASIA: HECHA LA LEY, HECHA LA TRAMPA (Artícluo publicado el 25 de julio en el Diari de Tarragona)


Nuestro modelo socio-económico se basa en la "cultura de la productividad". Dinámicas de productividad que sostienen el insaciable anhelo de consumo imperante en nuestra sociedad. Una rueda que nunca cesa de girar: generar, tener, gastar, consumir y vuelta a empezar. Más y más y siempre más. ¿Sostenible?, ¿Evolucionamos hacia el "homo insatisfectus"?, ¿quizá existan límites ético-morales al consumo desbocado?, quizá el consumo debiera ser gestionado por una recia conciencia rectora que prevalezca sobre los impulsos consumistas. El angelito y el diablillo que nos susurran: "lo necesitas!", "es superfluo!".


Hoy, con ese frenesí productivo, la eutanasia resulta un asunto espinoso. Amenábar abrió la caja de los truenos con Mar adentro. Pero quizá ese caso no represente todos los potenciales casos de eutanasia. Hay quien prefiere seguir viviendo, como también hay personas que caen en profundas depresiones, lo cual les conduce a plantearse la muerte de manera temporalmente condicionada. Hay casos como el de Isidre Esteve, que ante el varapalo que le sobreviene inicia una lucha diaria por VIVIR cada uno de los minutos de su vida. Otros desean morir; sin más. Cada cuál ejerce su "libre libertad", o dejémoslo en libertad.

Con todo, lo que está en juego son vidas, por eso los legisladores deben ser visionarios analistas capaces de prever futuras desviaciones o actuaciones ilícitas derivadas de la ley. “Hecha la ley, hecha la trampa”; esperemos que la trampa de esta ley jamás suceda a la misma. La aprobación de la eutanasia podría propiciar sutiles asesinatos indemostrables u homicidios "altruistas" al socaire de la ley. El filme de Amenábar refleja un caso de eutanasia, pero ¿por qué no se filma una película que comunique tan emotivamente casos de envenenamientos forzados, sedaciones sin consentimiento, abandonos, negligencias y demás sucedáneos de la eutanasia? No nos engañemos con ruborizaciones ni corrección política, la imaginación humana no tiene límites, y a la historia me remito.


El tandem eutanasia/modelo socio-económico podría propiciar auténticas aberraciones. ¿Por qué? Pues porque en nuestro modelo productivista, todo aquél no productivo puede ser concebido como un estorbo. Habrá quienes ante ciertas coyunturas familiares se verán tentados a pensar "es tarde y no tengo ganas de darle cuatro cucharadas de caldo, además, su deterioro físico ME hunde, y además, no es agradable para MÍ verle así, babea y a veces se lo hace encima, y, además, yo quería ir en agosto de viaje con MI flamante marido para estrenar el Cayenne, además, dice el doctor que tiene Alzheimer y en cuatro días ni me reconoce. Aquí estamos cuatro días y él/ella ya ha hecho lo que tenía que hacer en la vida" (el tema herencias come a parte). Sería entonces cuando se visualizaría lo bien que se podría vivir sin ese "escollo" a la comodidad: "si la ley ampara la opción, ¿por qué no?". Es cruel, pero no por ello irreal. No nos engañemos, hecha la ley, hecha la trampa; o sino, ¿cómo distinguir entre voluntad objetiva y persuasión sutil?, ¿lucidez mental, malestar con el entorno, o depresión galopante?, ¿“soy un estorbo”= falta de cariño? Por cada caso de muerte objetivamente voluntaria, ¿cuántos otros serán producto de la artimaña indeseable y la sutileza, que por otro lado es difícil de probar? Porque la ley juzga hechos, no intenciones.


¿Es éste el trato que queremos que se otorgue a los más débiles? Claro que no son productivos, pero muy por encima de ese utilitarismo está su dignidad en tanto que ser humano, y su condición de padre, tío o abuelo. Para finalizar tan solo querría recordar una realidad insalvable: en 10, 20 ó 40 años, ese anciano desvalido seremos nosotros. Quizá merezca la pena pensárselo dos veces.